Supongo que es esto lo que sigue cuando todo lo que se ha tenido es comodidad.
El cambio se vuele necesario y ya no una opción.
Más de una vez he querido cambiar, pero no es necesario quererlo, hay que hacerlo.
La calle de la comodidad se vuelve insuficiente y entonces nos da por querer conocer nuevos caminos, nuevos paisajes que nosotros mismos nos habíamos negado gracias a la comodidad de la calle que nos daba lo necesario por darle lo mínimo.
Esas ganas de quererle escupir en la cara al culpable de nuestros errores, y darnos cuenta que para hacerlo habría que estar parado frente al espejo.